Todo comenzó con un espejismo digital. En la pantalla de mi teléfono, un 4x4 impoluto coronaba una duna perfecta bajo un cielo naranja; sobre él, una carpa de techo desplegada y el vapor de un café humeante sugerían una paz inalcanzable en la ciudad. "Yo puedo hacer eso", me dije. En ese instante, nació la idea de que nuestro SUV familiar era, en realidad, un acorazado de exploración y que yo, un oficinista con sueños de explorador, estaba listo para conquistar la Alta Guajira.
Convencer a mi esposa no fue difícil: le vendí la idea de que recorrer el punto más al norte de Sudamérica sería nuestra máxima expresión de libertad. Pasamos las semanas previas en un frenesí de compras: una mesa de camping, sillas, estufa portátil, pipetas de gas, un colchón inflable y una pala... una pala brillante y hermosa que jamás había tocado la tierra. Cargamos el carro hasta el techo con un "mercado de supervivencia" y un optimismo que, visto en retrospectiva, resultaba peligroso.
La Ruta: De la Cordillera al Calor del Caribe
Salimos de Bogotá a las 2:00 p.m., con el motor rugiendo y el corazón acelerado. Pero la realidad del viaje por carretera en Colombia te golpea rápido. A las 10:00 p.m., el cansancio ya no era un compañero, sino un enemigo. El sueño nos venció en Puerto Araujo, en un hotel de carretera cuya única virtud era tener una cama, aunque no muy buena. Fue nuestro primer baño de realidad: el overlanding no siempre es una postal de Instagram; a veces es una habitación húmeda al lado de una vía ruidosa.
Tras dos días de asfalto y un breve descanso con la familia en Valledupar, finalmente pusimos proa hacia nuestro destino final: Punta Gallinas. Pero antes, debíamos pasar por Uribia, la capital indígena de Colombia, y el lugar donde mi burbuja de "explorador preparado" empezó a desinflarse.
El Error: Arrogancia vs. Salitre
Llevábamos dos paquetes de galletas para las "cuerditas" (los peajes artesanales de los niños Wayúu) y un GPS que jurábamos que nos sacaría de cualquier apuro. Pero mi mayor error no fue la ruta, fue la arrogancia. Creer que tener tracción en las cuatro ruedas me hacía invencible.
Cerca del Cabo de la Vela, el terreno cambió. Apareció un banco de salina, una mezcla de arena y sal húmeda que parecía sólida. En lugar de detenerme y bajar la presión de los neumáticos —un concepto que en ese momento me resultaba totalmente ajeno—, hice lo peor que un novato puede hacer: aceleré a fondo. En menos de diez segundos, el rugido del motor fue reemplazado por el sonido del chasis golpeando el suelo. Estábamos enterrados.
Pasamos cerca de una hora cavando bajo un sol que no perdona, liberando las ruedas mientras el sudor me nublaba la vista. El silencio de mi familia era más pesado que la arena. Mi hija estaba asustada; mi esposa me miraba con una mezcla de decepción, enojo y ese miedo legítimo de quien se siente abandonado en medio de la nada por quien debería protegerlos. En ese momento, no era un "overlander"; era un hombre asustado con una pala brillante que finalmente servía para algo.
La Noche que el Viento Rompió la Carpa
Logramos salir, derrotados pero aún en movimiento, y llegamos al Cabo de la Vela. Decidimos acampar en la playa de una ranchería. Armamos nuestro flamante equipo de expedición, pero la Guajira tenía otros planes. El viento del Caribe es una fuerza física, constante y brutal. Las varillas de nuestra carpa nueva empezaron a doblarse hasta que un crujido seco anunció el desastre: se habían partido.
En un acto de desesperación y orgullo, reparamos la varilla con cinta y pegamos el vehículo a la carpa para que sirviera de escudo contra las ráfagas. Usamos el propio carro como anclaje para los vientos de la carpa. Amanecimos vivos, sí, pero con la moral por el suelo. Preparamos un desayuno rápido y, aunque visitamos lugares mágicos como el Pilón de Azúcar, la Playa Arcoíris y el Faro, el encanto se había roto.
El Regreso: Una Huida en la Oscuridad
A las 5:00 p.m., el miedo a otra noche de viento y caos nos hizo tomar una decisión impulsiva: volver a Riohacha. Todos los locales nos advirtieron que salir de noche era peligroso; el desierto no tiene luces y los caminos cambian con el viento. Contratamos a un local para que nos guiara hasta el terraplén principal. Salimos con la sensación de estar huyendo de una zona de guerra, con el sinsabor de un destino que nos pareció hostil porque nosotros no supimos ser sus invitados.
No llegamos a Punta Gallinas. El punto más al norte de Sudamérica tendrá que esperar. Pero regresamos con algo más valioso: la comprensión de que no estábamos preparados. Aprendimos que el equipo barato cuesta caro y que el desierto no se conquista, se respeta. Esa frustración fue la semilla de lo que hoy es **Overland en Familia**. Hoy comparto este error para que tu primera vez en la Guajira no termine en una huida nocturna, sino en la aventura de tu vida.
Esta es la primera historia de una serie que te contará cómo fue nuestra evolución y cómo llegamos a donde estamos ahora. No te pierdas la próxima historia; nuestra meta es escribir una nueva entrega semanalmente.
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